¡Encuentre a Dios!

Por Francis Frangipane

Hay solo una razón que impide que la mayoría de las Iglesias prosperen espiritualmente. Todavía tienen que encontrar a Dios.

La santidad procede de buscar la gloria de Dios
“¿Como podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?” (Juan 5:44) Si desplegamos nuestra espiritualidad para impresionar a los hombres, si todavía buscamos recibir honra de los demás, o si todavía procuramos parecer justos, o especialmente “ungidos” ante la gente, ¿podemos decir con sinceridad que caminamos cerca del Dios vivo? Sabemos que tenemos una relación correcta con Dios cuando el hambre que sentimos por Su gloria hace que nos olvidemos de las alabanzas humanas.

La humildad precede a la santidad

 Por Francis Frangipane

“A medida que crezco y soy más grande en Dios, más pequeño me vuelvo.” - (Allen Bond)

Una persona santa es una persona humilde.
“... Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11: 29). El hombre más santo y poderoso que ha existido se describió a sí mismo como “manso y humilde de corazón.” ¿Cuál es la razón para comenzar un mensaje sobre la santidad con una cita relativa a la humildad? Sencillamente porque la santidad es el producto de la gracia, y Dios sólo da gracia a los humildes.

Es de vital importancia que comprendamos que Jesús no condena a los pecadores; sino a los hipócritas. Un hipócrita es una persona que excusa su propio pecado mientras condena los pecados de los demás, no es solamente de “doble faz”, porque es alguien que se niega a admitir que a veces lo es, pretendiendo tener por lo tanto una justicia que está lejos de vivir. Al no poder reconocer faltas en sí mismo, el hipócrita no discierne su hipocresía y rara vez se detiene a pensar en la corrupción que hay en su corazón. Como no busca misericordia para sí, tampoco la tiene para otros; además, al estar siempre bajo el juicio de Dios, juicio es lo que generalmente expresa. No podemos buscar la santidad y al mismo tiempo seguir siendo hipócritas. Por lo tanto, el primer paso que realmente debemos dar en el camino hacia la santificación, es admitir que no somos tan santos como nos gustaría aparecer. Este primer paso se llama humildad.