Por Francis Frangipane
Amor, no Ley
Por alguna
razón, muchos cristianos identifican la cima de la espiritualidad no con
Cristo, sino con los profetas del Antiguo Testamento de Israel, quienes
fueron llamados por Dios para llevar mensajes específicos de
advertencia y castigo a Su pueblo. Cristiano, escúchame: no somos
profetas del Antiguo Testamento; somos redentores del nuevo pacto.
Nuestro modelo principal no es Jeremías, sino Jesucristo, quien trajo
gracia y verdad al mundo (Juan 1:17). Nuestro estándar es el amor, no la
ley. “El amor es el cumplimiento de la ley” (Rom. 13:10). Somos el
cuerpo de Cristo. Aunque podemos aprender mucho del Antiguo Testamento y
ver reflejos de Cristo en él, no tenemos un propósito mayor que revelar
a Cristo tal como Él se reveló en el Nuevo Testamento, como el
cumplimiento de la ley.
¿Por qué deberíamos modelarnos según los profetas de Israel cuando ellos tenían mensajes específicos de Dios para circunstancias específicas? Fueron enviados a un pueblo bajo la ley, que no tenía disponible a Cristo como Salvador ni conocía la morada del Espíritu Santo ni la plenitud de la gracia de Dios, que ahora está disponible para todos los pecadores. Bajo la ley, si los judíos violaban un solo mandamiento, eran culpables de todos (Santiago 2:10). Aunque el Señor amaba profundamente a los israelitas, ellos no alcanzaban la gloria de Dios. Sin embargo, el propósito del Padre no era condenarlos, sino proveer una salvación mejor, el don gratuito de la vida eterna mediante la fe en Cristo—una redención basada no en lo que el hombre lograba, sino en en quién creía.
“Porque Dios sujetó a todos en desobediencia para tener misericordia de todos” (Rom. 11:32). La exposición del pecado de Israel por parte de los profetas formaba parte del cierre del antiguo pacto, una preparación para que el pueblo de Dios abrazara la misericordia. Modelarnos según los profetas es colocarnos en una dispensación anterior, bajo circunstancias específicas en las que no tenemos participación ni voz.
Sin embargo, los discípulos estaban saliendo de la dispensación del Antiguo Testamento. Así que cuando quisieron hacer descender fuego sobre sus enemigos, por más apropiado que les pareciera, Jesús los corrigió. Él no vino para destruir a Sus enemigos, sino “para salvarlos” (Lucas 9:56).
“Pero”, argumentas, “Dios necesita juzgar a los pecadores por lo que están haciendo”. Puede ser. Quizás el mundo necesite una buena dosis de la ira de Dios para despertar. Sin embargo, solo una Persona en el cielo y en la tierra es digna de iniciar la ira de Dios: el Cordero que fue inmolado, que está en intercesión delante del trono de Dios (Apoc. 5:6–14).
El Cordero, no los Profetas
Considera esto: el único Ser en todo el universo digno de desatar la ira debido al pecado es, al mismo tiempo, el Ser menos propenso a hacerlo, ya que Él mismo es el sacrificio por el pecado. El Cordero de Dios, cuya ofrenda permanece eternamente ante el trono de Dios, es Aquel a quien se le da autoridad para abrir el libro de la ira divina.
Jesús es el Cordero, el sacrificio por el pecado. Porque Él pagó el precio más alto por la redención, podemos estar seguros de que no desatará la furia divina hasta haber agotado por completo la misericordia divina. Aun entonces, cuando finalmente lleguen Sus juicios, seguirán guiados por Su motivo de misericordia, dando tiempo para que los pecadores se arrepientan.
La Palabra de Dios nos dice claramente: “Como Él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17). Nuestro modelo no son los profetas, sino el Cordero. Nuestra meta no es simplemente exponer el pecado, sino también revelar el sacrificio por el pecado. Nuestra gran comisión es llevar sanidad y el mensaje de la misericordia de Dios a las naciones. Hasta que Cristo rompa los sellos que conducen a la ira, debemos permanecer en intercesión ante Dios como embajadores del Cordero.
Adaptado del libro de Francis Frangipane: The Power of One Christlike Life, disponible en www.arrowbookstore.com.