El dominio de Satanás: el reino de las tinieblas, Parte II

Por Francis Frangipane

Someteos a Dios
La caída de Pedro se indujo satánicamente por medio del propio pecado de orgullo del discípulo. Reconozcamos antes de entrar en la lucha espiritual que las áreas que ocultamos en tinieblas son las mismas áreas de nuestras derrotas futuras. A menudo las batallas que enfrentamos no cesarán sino hasta cuando descubramos las tinieblas que hay en nosotros y nos arrepintamos de ellas. Si queremos ser efectivos en la batalla espiritual, debemos discernir nuestro propio corazón; debemos caminar humildemente con nuestro Dios. Por tanto, nuestro primer curso de acción debe seguir siempre el sabio consejo de la Biblia: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7).

Las buenas nuevas para Pedro y para nosotros mismos, es que a Satanás nunca se le dará permiso para destruir a los santos, sino más bien está limitado a zarandearlos “como trigo.” Dentro de cada uno de nosotros “hay trigo.” El resultado de este tipo de asalto satánico, que es aprobado por la voluntad permisiva de Dios, es limpiar el alma de orgullo y producir mayor transparencia y mansedumbre en nuestra vida. Se puede sentir como algo terrible, pero Dios hará que obre y ayude para bien. Nuestra naturaleza exterior, semejante al afrecho y a la cáscara, debe morir para permitir que brote la naturaleza similar al trigo, del hombre que es la nueva criatura. Como en el caso del trigo, tanto el afrecho como la cáscara eran necesarios; nos protegían para que no fuésemos destruidos por los elementos contrarios de la vida. Pero antes que Dios verdaderamente nos pueda usar, pasaremos por un tiempo de zarandeo para dejarnos preparados.

En el caso de Pedro su naturaleza anterior, su vieja naturaleza, era presuntuosa e impulsiva. Sus éxitos iniciales le habían hecho ambicioso y autosuficiente. Dios nunca puede confiar su reino a cualquiera que no haya roto su orgullo. Así, cuando Satanás pidió permiso para zarandear a Pedro, Jesús le dijo en efecto: “Muy bien, puedes zarandearlo, pero solamente hacer eso; no lo puedes destruir.” La batalla contra Pedro fue devastadora, pero medida. Servía para el propósito de Dios.

Pedro era ignorante de las áreas de tinieblas dentro de él y su ignorancia le dejó abierto al ataque. El Señor nos preguntará a cada uno: “¿Conoces las áreas donde eres vulnerable al asalto satánico?” Jesús no quiere que ignoremos nuestras necesidades. De hecho, cuando revela el pecado en nuestro corazón, lo hace para que El pueda destruir las obras del demonio. Deberíamos darnos cuenta que la mejor defensa que podemos presentar contra el diablo es mantener un corazón honesto delante de Dios.

Cuando el Espíritu Santo comience a mostrarnos un área que necesita arrepentimiento, debemos vencer la tendencia a defendernos instintivamente. Debemos silenciar el abogadito que surge del cuarto oscuro de nuestra mente para alegar: “Mi cliente no es tan malo, dice tal y tal, porque ellos hicieron así y así.” Nuestro abogadito nos defenderá hasta el día de nuestra muerte, y nunca veremos lo que hay errado en nosotros, ni lo que necesita cambio. Para tener éxito en la batalla y alcanzar la justicia de Dios, los instintos de auto conservación se deben someter a nuestro Señor Jesucristo, pues solamente Jesús es nuestro verdadero abogado.

No podemos seguir adelante en la batalla espiritual sin captar y aprender bien estos conceptos que se acaban de decir. Es bueno, sobre el tema recordar la sabiduría de las Escrituras: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). Dios se opone al orgulloso. Este es un versículo muy importante. Si Dios se enfrenta al orgulloso y si somos demasiado orgullosos para humillarnos y arrepentirnos, entonces Dios se nos opone.

Por esta razón la Biblia dice: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). Cuando vemos este versículo, usualmente todo por sí mismo es como un monumento a la guerra espiritual. Sin embargo, sólo en el contexto del arrepentimiento, de la humildad, y de la posesión de un corazón limpio, encontraremos que Satanás huye de nosotros.

Debemos ir más allá de una sumisión vaga a Dios. Le debemos someter el área exacta de nuestra batalla personal. Cuando vamos contra el poder del demonio, eso se debe hacer desde un corazón que está en pleno sometimiento a Jesús.

Hay un principio repetitivo a través de todo este libro. Es vital que entiendas y apliques este principio para alcanzar el éxito futuro en tu batalla espiritual. El principio es el siguiente: La victoria comienza con el nombre de Jesús en tus labios, pero no se consumará sino hasta cuando la naturaleza de Jesús esté en tu corazón. Esta regla se aplica a toda faceta de la lucha espiritual. Obviamente a Satanás se le permitirá ir contra el área de tu debilidad, hasta cuando te des cuenta que la única respuesta de Dios es ser como Cristo. A medida que comienzas a apropiarte no solamente del nombre de Jesús, sino también de su naturaleza, el adversario se retirará. Satanás no continuará en sus ataques si las circunstancias que diseñó para destruirte, trabajan ahora para perfeccionarte.

Como resultado de la experiencia de Pedro, después de Pentecostés, cuando Dios le usó para sanar al cojo, un Pedro humilde, nuevo, habló a la multitud reunida: “¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?” (Hechos 3:12). La victoria de Pedro sobre el orgullo y sobre el diablo se inició con el nombre de Jesús en sus labios, y se consumó por la naturaleza de Jesús en su corazón. La luz desplazó las tinieblas en Pedro; el orgullo en Pedro fue reemplazado con Cristo.